Català Castellano

Entrevista


al profesor José Manuel Ribera Casado


 


 


1. ¿Qué percepción tenía de las personas mayores cuando era niño? ¿Era la misma que ahora?


 


De niño no tenía –y creo que así ocurre en general– una percepción muy distinta entre los diferentes adultos, fuera cual fuese su edad. Mi prototipo de persona mayor lo constituía mi abuela, con quien compartí habitación hasta los 10 años. En mi recuerdo, mi idea del adulto la asociaba a una persona sabia, buena y de quien te podías fiar. ¡Positivo que era uno!


 


2. ¿Por qué se dedicó a la medicina y a la docencia universitaria? ¿Tiene antecedentes familiares que le animaran en este sentido?


 


Mi padre era médico, pero murió cuando yo tenía 14 años, de manera que no influyó mucho sobre mi decisión de hacer medicina. A mí, desde niño, me gustó siempre el trato directo y próximo con la gente, y la medicina era una buena alternativa en este sentido. Lo de la docencia vino después; a lo largo de la carrera, descubrí que esa era otra perspectiva atractiva y que no se me daba mal.


 


3. Usted ha sido presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. ¿A qué se dedican la geriatría y la gerontología y cuáles son los ejes compartidos?


 


Estos conceptos están bastante claros desde que Metchnikoff y Nescher los definieran hace más de un siglo. La gerontología es un campo más amplio y abarca el estudio, desde todas las perspectivas posibles, de cualquier cuestión relacionada con el proceso de envejecer, así como sobre las consecuencias de este fenómeno en todos los ámbitos. La geriatría constituye una parte de la gerontología, aquella que se ocupa específicamente de los problemas de salud de las personas de edad avanzada. El día a día ha hecho que se asocie a la geriatría con la vertiente médica, englobando en ella al conjunto de las profesiones sanitarias, lo que puede ser correcto, y que se reserve el término gerontología para todos los demás aspectos relacionados con la vejez: biología del envejecimiento, ciencias sociales y del comportamiento, etc., como si fueran compartimentos estancos y diferentes. Esto no es correcto. En la práctica, los que cultivamos esencialmente la geriatría necesitamos el apoyo y la colaboración directa en nuestro trabajo del resto de profesionales que cultivan otras áreas gerontológicas, y lo mismo podría decirse en sentido contrario. 


 


4. La vejez es una etapa del ciclo vital que culmina con la muerte. Se oye mucho hablar de muerte digna, eutanasia, suicidio asistido…; entiendo que se trata de conceptos diferentes, pero ¿cuáles serían las diferencias?


 


Responder con cierto rigor a esa pregunta exige mucho más tiempo y espacio del que disponemos. En todo caso, lo que subyace detrás de ese problema es el esfuerzo por conseguir que la última fase de nuestra vida transcurra por un cauce de respeto adecuado ante nosotros mismos y ante los demás, así como evitar o reducir al máximo los sufrimientos y limitaciones que suelen asociarse a este periodo de la vida. Los esfuerzos por mejorar esas situaciones han existido siempre; la diferencia es que hoy se trata de un fenómeno más explícito y abierto a la discusión. Y junto a ello, el hecho de que los avances tecnológicos de todo tipo permiten afrontar esos mementos en mejores condiciones que en tiempos pasados.


 


5. La realidad demográfica actual es producto de muchos factores. Uno de ellos, el aumento de la esperanza de vida, determina que el número de personas mayores sea muy alto, pero esta realidad no se corresponde con la visibilidad y la consideración que reciben estas personas. ¿Cómo podríamos cambiar unos prejuicios tan arraigados?


 


Pues sí, tanto en términos absolutos como relativos, las personas mayores somos más cada vez y la tendencia es que ello se acentúe en las próximas décadas. Es cierto también que se trata de un segmento de población víctima, en muchos casos, de marginación y, sobre todo, de discriminación en casi todos los órdenes de la vida. La discriminación por edad es un fenómeno tan extendido como ignorado por el resto de la sociedad y a veces incluso por sus propios protagonistas. No se puede abordar el fenómeno en unas pocas palabras, pero, básicamente, las soluciones pasan por la educación de la sociedad en pos de una igualdad –la ONU habla de una sociedad para todas las edades–, así como por un esfuerzo de los interesados por mantenerse activos e integrados en el cuerpo social común; «envejecimiento activo», lo llama la ONU. Junto a ello, es necesaria una actividad permanente de reivindicación de la igualdad en la vida diaria y también en el mundo de la salud por parte del colectivo de mayores.


 


6. ¿Podemos considerar hoy vieja a una persona de 65 años? ¿Es algo que tenemos que revisar? ¿Por qué vinculamos la vejez a la edad de la jubilación?


 


Muchas preguntas en una sola. El envejecimiento es un fenómeno variable en su cadencia de aparición entre los diferentes individuos, así como entre los distintos órganos y sistemas de un mismo individuo. Ello hace que no exista un punto de corte determinado por la edad para entrar en la eventual categoría de viejo, sino que se trate de un proceso con características diferentes en cada caso. Evidentemente, a lo largo del último siglo, las condiciones con las que las personas alcanzan edades avanzadas han variado muchísimo en sentido positivo. Definir el término viejo es muy difícil, y en biología la edad nunca puede ser por sí misma un parámetro definitorio. Vincular la vejez a la jubilación, una circunstancia de carácter puramente administrativo, es una aberración, como lo es que el punto medio de corte para una jubilación obligatoria siga establecido en los 65 años, la misma edad que se acordó hace un siglo cuando el tema de la jubilación se abordó por primera vez de manera oficial. Pero esa es otra cuestión.


 


7. ¿Continuará el aumento exponencial de la esperanza de vida que hemos tenido en las últimas décadas? ¿Habrá más centenarios? ¿Y en qué condiciones sociales y de salud?


 


Tanto los demógrafos como los biogerontólogos, los epidemiólogos y hasta los clínicos nos dicen que sí, que, en efecto, en las décadas próximas van a aumentar tanto la esperanza de vida media como los números absolutos y relativos de personas mayores. A ello van a contribuir tanto las cuestiones relacionadas con los estilos de vida y los avances sociales como los propios progresos tecnológicos de la medicina en campos como la farmacología, la cirugía, los procedimientos terapéuticos no invasivos, etc. El número de centenarios aumentará llamativamente –ya lo está haciendo– y las condiciones funcionales con las que se alcancen estas edades avanzadas serán cada vez mejores. Otra cuestión es si se va a modificar significativamente la esperanza de vida máxima, establecida hoy en torno a los 120 años. A pesar de las previsiones optimistas de algunos investigadores básicos, e incluso de los resultados que se van publicando de experiencias positivas en modelos animales, creo que debemos ser muy escépticos al respecto, al menos para un futuro más o menos cercano.


 


8. La Ley de promoción de la autonomía personal y atención a las personas en situación de dependencia fue aprobada en 2006. ¿Qué logros destacaría más de diez años después? ¿Cuáles considera que son sus principales debilidades, aparte de la falta de recursos económicos?


 


A mi juicio, el principal logro de esta ley es haber conseguido sensibilizar a la sociedad acerca de un problema muy grave tanto por afectar a una proporción muy elevada de personas como por lo que representa ser dependiente en cuanto a calidad de vida y posibilidades de integración social. También, evidentemente, haber contribuido a mejorar un número importante de situaciones personales más o menos críticas. Respecto a sus debilidades, la insuficiencia presupuestaria a la que usted se refiere subyace detrás de la mayor parte de los problemas. Podría hablarse también de otras, como la desigualdad –sobre todo en sus inicios– a la hora de establecer criterios de evaluación y aplicar medidas concretas entre las diferentes comunidades autónomas. También los retrasos de todo tipo, lo que ha determinado limitaciones muy importantes –a veces definitivas– para muchos posibles beneficiarios. La falta de medidas preventivas que pudieran contribuir a reducir el número de dependientes. La multiplicación, complejidad y variabilidad administrativa que se requiere para poder ser beneficiario de esta norma. No haber previsto que junto a la parte social se engloban aspectos médicos importantes, como la necesidad de sensibilizar y contar con facultativos receptivos y capaces a la hora de redactar los informes preceptivos, etc.


 


9. Uno de los principios de esta ley era la promoción de la autonomía personal. Este apartado de prevención parece que ha quedado en un segundo o tercer plano. ¿Por qué hablamos tanto de prevención pero después no se dispone de los recursos necesarios?


 


Como he señalado antes, estoy de acuerdo con su diagnóstico en cuanto a la ausencia de medidas preventivas. En los borradores iniciales de la ley, la palabra prevención no aparecía. En el texto definitivo, aparece en tres ocasiones que son sendos brindis al sol. Respecto a los porqués, habría que preguntar a las administraciones que son las responsables de esa deficiencia. Yo también participo de esa inquietud.


 


10. Hablamos de coordinación, de equipos multidisciplinares, de transversalidad, pero ¿afrontamos realmente la intervención sobre las personas mayores desde esa óptica, o continuamos en vías paralelas con dificultades para tener una visión integrada de la persona en todos los ámbitos de salud, social, familiar y económico?


 


Buena pregunta de respuesta compleja y necesitada de matizaciones que tampoco caben en un párrafo aislado. En mi opinión, a lo largo de las últimas décadas se ha avanzado bastante en este sentido, sobre todo en el plano conceptual y en la asunción de la conveniencia de que se aplique de forma más universal esta transversalidad. En la práctica, tal vez sea en el mundo residencial donde la interdisciplinariedad está más extendida. Los recelos –gremiales más que profesionales– son muchos y pienso que queda bastante hasta que podamos hablar de ello como de una práctica generalizada. Desde el punto de vista médico, destacan dos grandes problemas. Uno, afortunadamente poco extendido, se asocia al campo de la geriatría donde el talibanismo de algunos compañeros tiende al puritanismo aislacionista y a entender que todo aquel que no sea geriatra «de pata negra» es alguien inadecuado para afrontar los problemas de salud de las personas mayores. El otro problema, mucho más extendido y externo a la geriatría, procede de aquellos médicos, especialistas de otras áreas, que consideran que el hecho de atender a pacientes mayores en su práctica clínica les convierte automáticamente en geriatras. Este carácter excluyente, al menos en algunas parcelas de la atención al anciano, aparece también en determinados grupos ajenos al mundo de la salud. Un ejemplo de ello, procedente en este caso de la propia administración, fue considerar la Ley de dependencia como un problema referido en exclusiva a la esfera de lo social…


  


11. ¿Cuáles son los principales hábitos saludables en los que deberíamos insistir para poder afrontar un envejecimiento saludable y activo? Si hubiera un ranking, ¿cuáles ocuparían las primeras posiciones?


 


La respuesta es clara: actividad física, alimentación y ausencia de hábitos tóxicos. Probablemente por ese orden. La actividad física mantenida a lo largo de la vida, también en edades avanzadas, conlleva ventajas metabólicas y sociales prácticamente desde cualquier plano que se contemple y es un determinante esencial de funcionalidad y de la calidad de vida de las personas. Además, facilita y se asocia a un mayor grado de actividad mental. La nutrición adecuada ha sido hasta hace poco un capítulo apenas atendido. Sobre ella cabe hacer consideraciones similares. Respecto a los hábitos tóxicos, y de manera específica en lo referido al tabaquismo, las ventajas de su supresión a escala preventiva y en términos de calidad de vida se mantienen sea cual sea la edad del individuo. Hay otras muchas medidas que podrían citarse, como la participación social, la protesta ante cualquier forma de discriminación por edad o, ya en términos de salud, la aplicación de las vacunaciones recomendadas. 


 


12. Seguramente la vejez se vive y afronta de manera diferente en el ámbito urbano y en el rural, pero ¿cuáles son las principales diferencias?


 


Yo no soy un experto en ese tema. Probablemente, el ámbito rural potencia la posibilidad de actividad física mantenida y también facilita las relaciones y apoyos familiares y sociales. El ámbito urbano aumenta el riesgo de aislamiento y soledad, con los inconvenientes que se asocian a tal situación. Una de las contrapartidas puede ser un acceso más directo e inmediato a los recursos sanitarios cuando ello es necesario.


 


13. La jubilación implica unos cambios de hábitos, roles y estilos de vida: ¿cómo debemos prepararnos para ellos? Los jubilados de hoy nada tienen que ver con los de hace unas décadas: ¿cuáles son sus principales demandas y expectativas?


 


Otra cuestión compleja, actual y poco resumible en unas líneas. Ya he señalado el contrasentido de una jubilación obligatoria a una edad determinada; en España, mayoritariamente, los 65 años. La misma que hace un siglo, cuando, como usted indica, las condiciones físicas e intelectuales de quienes llegaban a esa edad nada tenían que ver con las actuales, así como tampoco la dureza del tipo de trabajo que se realizaba. A mi juicio, deberíamos ir a una especie de jubilación a la carta sometida a todos los controles que sean necesarios en cuanto a las capacidades físicas y mentales de quienes deseen ampliar su vida activa. También fomentar algo así como jubilaciones a tiempo parcial compatibles con la percepción, igualmente parcial, de una pensión. Potenciar el voluntariado y, en general, todas aquellas medidas que favorezcan retrasar el periodo de «inactividad oficial por decreto». Sería una forma más de luchar contra la discriminación por edad y de mantener la integración social del colectivo de más edad.


 


14. Para terminar, puede completar la frase: hacerse mayor es…


 


… un privilegio.