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Pobreza y vejez


 


La vejez y la pobreza tienen rostro de mujer: según datos del año 2014, solo un 44,73% de la población femenina recibía pensión de jubilación, y esta pensión era, de media, un 44% inferior a la de los hombres. Muchas de las mujeres que actualmente tienen más de 75 años no han tenido un trabajo retribuido, no han cotizado, aunque sí que han trabajado y su dedicación a la casa, a los hijos y a las personas mayores de la familia ha supuesto una muy importante contribución social y económica. Las mujeres mayores que sí han trabajado tampoco se encuentran en una posición mucho mejor, ya que han recibido salarios más bajos y sus trayectorias laborales han sido más cortas e intermitentes.


En 2017, el umbral de la pobreza en unidades de una sola persona se situó en 8.552 € anuales; aproximadamente un 14% de las personas mayores de 65 años ingresó menos de esta cantidad.


La realidad demográfica actual sigue siendo que las mujeres viven más años que los hombres, sin embargo, en los últimos años de vida, sufren más enfermedades que limitan su autonomía y, en consecuencia, necesitan más apoyo para llevar a cabo las actividades de la vida diaria. La «fotografía» que nos queda sería esta:


–        Las mujeres viven más tiempo.


–        En los últimos años del ciclo vital, tienen menos autonomía.


–        Muchas no tienen jubilación y tan solo disponen de la pensión de viudedad.


–        La vivienda suele ser de propiedad.


–        Los hijos no viven en la misma localidad.


La pobreza, según el indicador AROPE (At risk of poverty and/or exclusion), contempla tres componentes:


–        Pobreza: personas que viven con una renta inferior al 60% de la media de la renta nacional.


–        Carencia material: no pueden permitirse el consumo de carne, pollo o pescado al menos cada dos días. Tienen dificultades en el mantenimiento de la vivienda respecto a los suministros de agua, luz, calefacción y teléfono.


–        Baja intensidad en el trabajo por parte de los miembros del hogar en edad laboral.


Muchas personas mayores, especialmente entre las mujeres, cumplen estos indicadores. Dado su bajo nivel de ingresos, en ocasiones se ven obligadas a decidir entre comprar determinados alimentos, necesarios para tener una alimentación saludable y equilibrada, o bien pagar las facturas de los suministros.


Durante los años de la crisis económica que se inició en 2007 —y que para algunos todavía perdura, puesto que no han podido recuperar las condiciones socioeconómicas que tenían antes—, las personas mayores fueron un pilar importante para las familias que sufrieron el paro o que no pudieron afrontar el pago de las hipotecas. El apoyo que dieron a hijos y nietos consistió en acogerlos en su casa o hacer frente a los gastos de vivienda o de alimentación. Las pensiones y los pequeños ahorros de que disponían paliaron situaciones que habrían podido ser más dramáticas.


La condición de vulnerabilidad de muchas personas mayores está en relación con las pérdidas del entorno familiar y social y con el sufrimiento, y está estrechamente ligada con las condiciones físicas, psíquicas, económicas, sociales, educativas y culturales, pero también con la capacidad y los recursos que cada persona tiene para enfrentarse a dichas dificultades. Debemos hallar los medios para evitar que esta vulnerabilidad se perpetúe y pueda derivar en situaciones de pobreza, soledad no deseada o aislamiento social.


No quisiera obviar la presión inmobiliaria que sufren muchas personas mayores, sobre todo en las grandes ciudades. El piso donde han vivido, donde tienen sus recuerdos personales y familiares, puede convertirse en una pesadilla cuando grupos inmobiliarios o inversores sin escrúpulos quieren echarlos para construir otros tipos de vivienda.


Si desea profundizar más en este tema, puede consultar la web www.fundacioagrupacio.es, donde encontrará todas las ponencias de la Jornada de Pobreza y Vejez que se celebró el pasado día 7 de mayo. La jornada se organizó conjuntamente con la Fundación Pere Tarrés.